Cada vez que me acuerdo de este momento, ahora, me río. La primera vez que revelé un rollo fotográfico fue fatal, catastrófico y horrible. Nunca lo olvidaré ya que estuve encerrada en ese cuarto oscuro, aproximadamente, una hora. Me demoré toda una eternidad para destapar el rollo, enroscar la película en el carrete y finalmente meterla en el tanque. Proceso que hice, cuando dominé la técnica, en cinco minutos.
En medio de sollozos, lisuras y mi desesperación por salir de ese cuarto sin luz, maldije a más no poder la fotografía, creo que hasta unas lágrimas de angustia se me salieron. No lo dudo. Pude haberme dado por vencida a los quince o treinta minutos, pero eso significaba perder el rollo tomado. Si abría la puerta de ese pequeño cuarto mis fotos terminarían por velarse y habría mandado al carajo todo mi trabajo de campo.
Los minutos pasaban y yo seguía como empecé. Lo que más me costaba era enroscar la película en el carrete ya que mientras lo hacía esta se atascaba y tenía que volver a empezar miles de veces. El proceso se dificultó más porque el rollo ya estaba maltratado y por lo tanto era más difícil que entrara suavemente en el carrete sin atascarse.
¡Maldición! Decía a cada rato. Ya no aguantaba más estar encerrada sin un destello de luz en ese cuarto. Estaba cansada, harta, impotente, colérica y amarga. ¡Qué rollo para más imposible! ¡Te odio!... como si las cosas sintieran. Estúpida.
Al ver que ya no podía más y que el rollo seguía atascándose hice lo que debía hacer pasados los primeros quince minutos: pedir ayuda. Toqué la puerta de adentro hacia afuera y dije… “¿alguien puede ayudarme, por favor?” ya que a fuera del cuarto oscuro había gente que ya estaba revelando sus rollos con los químicos. Es decir, estaban en el paso dos.
A mi llamado acudió una compañera de otro curso, con la que hacía grupo para un trabajo. Apagaron las luces de afuera y ella entró a mi rescate y al de mi película. Diez minutos más duró el sufrimiento con ella adentro ya que era difícil enrollar mi película por el brusco maltrato que había sufrido durante una hora a manos de una inexperta desesperada. Cuando, por fin, pudo hacerlo, salimos del cuarto oscuro y vi la luz. Un sentimiento de alivio y amor por la luz me embargó, fue chistoso sentirlo.
Le di las gracias infinitas y seguí yo sola con el paso dos. Este se me hizo más asequible, no era tan complicado. Constaba en vaciar los químicos en el tanque, con la película enroscada adentro (paso uno), y tomar intervalos de tiempo diferentes para el revelador, el paro y el fijador. Continué con el paso tres, poner el carrete en agua por diez minutos. Qué aliviada me sentía después de esa hora de sufrimiento; sin embargo vino a mi, otra vez, el sentimiento de angustia. Después del baño en agua, viene el secado que sería el momento de la verdad. En minutos sabría si es que mi esfuerzo tuvo éxito. ¿Habrán salido mis fotos? Si bien no entró luz por ningún lado, el rollo estaba muy maltratado.
Para mi buena suerte, salieron veinticuatro fotos de treinta y seis. Ver mi negativo con muchas fotos, me emocionó, pude haberme quedado sin una foto después de tanto sufrimiento. Así que me alivié y continúe con el paso tres, que consiste en colgar el largo negativo con unos ganchos y ponerlos en el área de secado para luego cortar los negativos ponerlos en el porta negativos y finalmente continuar con la ampliación de las fotos en el papel fotográfico.
Esta primera experiencia revelando sola fue desesperante pero al finalmente aprendí a desenrollar el rollo y ponerlo en el carrete, sí, me volví una experta en el paso dos, lo hacía en cinco minutos o en menos tiempo.
Definitivamente, nunca dejaré de recordar mi primer día en el cuarto de revelado. Han pasado meses desde que no revelo un rollo… espero no haberme olvidado.












