lunes, 5 de septiembre de 2011

Llueve sobre mojado

    Cuando estas de mala racha, te cae y te cae con todo. Día domingo por la mañana, amanecí con un terrible dolor de muela, este era tan profundo que fue el causante de que me levantara y no durmiera más mi mala noche de sábado juerguero. Es la maldita muela del juicio la que no me deja dormir, comer, hablar, pasar saliva, marmotear ni mucho menos estar tranquila. El dolor aumenta con las horas. Por la tarde, salgo a comprar  al mercado para preparar mi almuerzo pero todos los puestos próximos a cerrar no tienen lo que yo necesito y me atienden con premura, termino modificando todos los ingredientes para mi comida suplantándolos por los únicos que podía encontrar.

El dolor de muela es  más intenso que hace un par de horas,  la comida salió sobria pues no tenía ganas de cocinar y  estaba bastante falta de ingredientes necesarios. No me importa, tengo hambre, pero maldita sea ya no puedo casi ni abrir la boca para probar  ni masticar. Varias horas después que terminara de comer con dolor y paciencia decido leer un libro que hace unos días había comprado en la feria de la universidad, entusiasmada lo agarré de mi escritorio y me dirigí hacia el mueble de la sala que está cercano a la ventana. Iba en busca de distensión y tranquilidad total, quería algo que me ayude ocupar mi mente y así olvidarme un poco de tal dolor. Me siento, me aposento y me acomodo para tener una lectura cómoda; sin embargo me doy cuenta que no tengo mis lentes. Voy a buscarlos a mi  cuarto y no los encuentro, los busco por todos lados y corro con la misma suerte, creo que cuando uno busca algo con desesperación más se pierde el objeto. Ayer, nunca los encontré, de tal manera que solo pude leer unas cuantas páginas de aquel libro porque el sueño y el esfuerzo que hacía mi vista me vencieron. Me quedé dormida en el mueble junto a la ventana abierta, apenas conseguí media hora de profundo sueño y otra vez ese maldito dolor de muela saliente me despertó. Esta vez no solo me levanté con dicho dolor, sino un poco constipada también. Renegué. ¡MALDICIÓN!

En los últimos días, mi madre tampoco venía sintiéndose bien , los chequeos médicos no arrojan resultados como para encontrarle una cura inmediata al dolor de articulaciones que la aqueja hace más de una semana. Este fin de semana hemos cambiado de clínica, ojalá  el doctor que la está atendiendo ahora tenga un diagnóstico  pero sobre todo una cura. Verla quejumbrosa, adolorida, cabizbaja, preocupada y con todos los malestares encima, me duele, me frustra y me llena de impotencia. Hoy por este maldito dolor de muela no podré hacer algo para aliviarla ya que tampoco tengo ganas de nada. Decidí irme a dormir, después de ver que ella también lo fue hacer, en este intento dormí poco más de una hora. Al levantarme, aproximadamente a las ocho de la noche, el dolor casi no me dejaba ni hablar, me costaba pasar la saliva y el cachete izquierdo estaba más redondo que de costumbre . El dolor se había extendido hacia el oído y la garganta, maldita muela del juicio.  La odié, la maldije hasta el cansancio, por eso, decidida a que este dolor cesara y que mañana yo amanezca con todas las fuerzas para una rutina de gimnasio, salí a comprar una pastilla yendo en contra a que soy alérgica a ellas.

Farmacias cerradas alrededor, solo dos tiendas abiertas. Entré y pregunté por un doloflan, pagué un sol y regresé por la misma cuadra a mi casa. Al momento de tomarla tuve presente mi alergia por las pastillas como cada vez que tengo que ingerir una. A mí una pequeña pastillita puede mandarme a la tumba. Pero es doloflan, es como un desenfriolito, pensé ¡no me pasa nada nicagando! La tomé. Me quedé viendo los noticieros dominicales con la familia para matar el domingo y en eso recibo la llamada de un amigo de promo de cole que me invita a ir a una pequeña reunión de despedida de un amigo en común ya que al día siguiente regresaba a España. Yo acepté. Fui a cambiarme, a arreglarme un poco la cara de adolorida que tenía y lo esperé. Hacían veinte minutos de la pastilla y la llamada, con lo que comencé a sentir una pequeña picazón en los ojos, no le di mucha importancia. A los pocos minutos, cuando entré al baño a arreglarme el moño del cabello, me di cuenta que había un bultito debajo de mi parpado izquierdo. ¡Mierda, me intoxiqué! En menos de quince minutos ya no tenía ojos, sino dos globos de piel que ya no me dejaban ni ver, el pecho se me comenzaría a cerrar en poco tiempo y terminaría en un paro respiratorio. 

 Mi domingo terminó en una sala de emergencia del hospital Santa Rosa, ubicada en Bolívar con Sucre, una clínica en domingo nos sacaría un ojo de la cara, un ojo que yo, sobre todo, ya no tenía en mi cara. Al llegar pague en caja los diez soles de la consulta, me sorprendí de lo barato que era, entré por unas rejas, mi papá se quedó a fuera  esperando con mi hermana. A ellos no les gusta el ambiente a hospital, que me hayan acompañado a una fue un gran esfuerzo. Cuando llegó mi turno de atención, el doctor me atendió con premura y eso no me gusto para lo aprensiva que soy. Yo suelo llenar a los doctores con miles de preguntas, si esto choca con esto o con lo otro, si mi alergia aumentaría, si afectaría mi corazón o si me daría un paro. El doctor se exasperó y yo también.  Que tengo muchos pacientes y no puedo demorarme mucho con uno, me dijo. Yo le dije que se trataba de mi vida y que no me parecía que me atendiera en menos de un minuto. Nos miramos con odio, el frunciéndome el ceño y yo con mi cara de sapo hinchado. Dexacor más una ampolleta, eso comprarás y vas al consultorio número ocho para que te la coloquen, dijo apurado y mirando hacia la receta. Me paré furibunda y decepcionada, no le di las gracias. Me pusieron la inyección y salí con mi viejo y mi hermana rumbo a casa. 

Los dolores reumáticos de mi madre, la muela de muela, una comida sobria, un adiós, lentes perdidos y una inyección intravenosa de desintoxicación acompañaron mi domingo. Lo malo siempre viene acompañado. Siempre llueve sobre mojado.

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