El edifico de losetas amarillas, pintado de
color verde a los costados y sin ningún
letrero en la fachada que lo identifique como Galerías Brasil luce por fuera
tal como lo dejé hace muchos años. No ha cambiado, no se ha deteriorado, no lo
han enchulado y mucho menos lo han limpiado. Lo miro desde a fuera y son muchos los
recuerdos y anécdotas que tengo de este emporio comercial. Es que este hueco
fue uno de los lugares donde pasé mi exilio en los últimos años de época
escolar y mi etapa de rebeldía y descubrimientos.
Cuadra
12 de la Av. Brasil, paso el umbral de la puerta y me recibe ese olor que solo
se pude percibir ahí. Es indescriptible, no podría hacerlo. No sé ni cuáles son
los aromas y hedores que se mezclan. Solo sé que es el mismo olor de toda la
vida. Las fotocopiadoras como siempre están ubicadas en la puerta de entrada y
de salida de aquel largo y mágico corredor. La parte aburrida para los que
solíamos ir a las Gales Brasil para otras
cosas y nunca para sacar copias. De hecho la única vez que fotocopié un libro
ahí lo hicieron mal, me estafaron y pagué doblé. A veces la suerte no cambia.
Las
tiendas de ropa mantienen la misma moda. Hay stands nuevos, reconozco a algunos
vendedores y me da gusto verlos en el mismo lugar. Quiero saludarlos pero no
creo que logren reconocerme. No he crecido pero el tejido adiposo se ha ido y
mis dientes logran estar dentro de mi boca ahora. Además son tantos los
clientes que van y vienen que les sería imposible acordarse de una chibola. Los
rastas siguen con sus dreads, vendiendo morrales de guerra, a quienes les
compré uno hace ya casi diez años, mientras la lanzaban en mi cara, aún cuando
yo no había probado ni el cigarro.
El
punto álgido para mí, en este regreso a las Gales Brasil, fue cuando pasé por
la sección de los videojuegos. El gordo Juan que me alquilaba las consolas ya
no ocupaba cuatro tiendas seguidas de la galería. Él ya no estaba y ahora cada
stand le pertenecía a un dueño diferente. Aquellos televisores gigantes y potones han sido reemplazados por pantallas
planas en HD y en el lugar del puesto de la señora Afrodita, que vendía el pan
con milanesa más rico que haya podido probar hasta ahora, el culpable de mi
gordura y acné adolescente, a la que yo llamaba La Diosa del Pan, hay un tío
que vende Usbs y discos en blanco. Esos minutos de mi recorrido fueron
chockeantes, nostálgicos.
A
pesar de conocerme Galerías Brasil, al revés y al derecho y de memoria, me sentía un poco perdida, algo
foránea, extraña. Hace años que no venía por acá. Vivo muy cerca y paso todos
los días con el micro de camino a casa; sin embargo, soy una ingrata. Voy hacia
el segundo piso y por acá casi todo sigue igual. Hay una que otra tienda nueva.
Entre ellos están el negocio de
backpackers, zapatillas y skates. Ya no está el broder, que era un loco calato,
que vendía las pipas sicodélicas, las rizlas de chocolate y todo tipo de
artefacto alucinógeno para que disfrutes el trance. GJ Records, tampoco está. La
tienda donde me gastaba la mayor parte de mi dinero comprando discos de rock
nacional. Discos que alguna vez presté y nunca me los regresaron, discos que se
me rayaron y que se perdieron. Ahora solo conservo un cuarenta por ciento de
esa gran gran gran cantidad.
El
segundo piso, insisto, es el mismo, así ya no estén dos de mis tiendas
favoritas. Siguen los bros que venden los polos con los estampadoS que tu
escojas, tiendas de discos de metal, punk, new wave, reggae, etc. Al fondo
siempre está ELLA. Una bella hippie que vende ropa y accesorios vintage. Por
ella no pasan los años ni los problemas, siempre te va a recibir con su enorme
sonrisa y sus buenas vibras.
Mi
recorrido por las Gales iba terminando. No fui por nada en especial en
realidad. Solo pasaba por ahí y entré al baúl de los recuerdos. Sin embargo, un
personaje, hizo que me sintiera nuevamente por el año 2003, `El Loco`. Vestido
de negro de pies a cabeza, parado detrás de las rejas, con las manos levantadas
y el pelo largo cubriéndole la mirada, esta vez no logró asustarme como en
aquellos años; al contrario, me dio gusto verlo. Nadie sabe de dónde viene, ni
su nombre ni su edad. No le habla a nadie.
Ya debe de estar en sus cuarentas y algunos lo llamaban `El fantasma de
las gales`. Nuestras miradas se cruzan, pero como un intento fallido más, no
logro sacarle ninguna expresión.
De
regreso al primer piso la puerta de salida del otro extremo me espera. Ahora me
toca pasar nuevamente por la parte aburrida: las fotocopiadoras. Al cruzar el
umbral el olor, la magia y los recuerdos de las `Gales` se van yendo, van
desapareciendo. Aún mantiene la misma esencia y
algunos rostros pero con diferentes historias.
