miércoles, 24 de julio de 2013

Cementerio Presbítero Maestro: Una noche de historia, miedo y misterio



Ir al Cementerio Presbítero Matías Maestro significa hacer un recorrido histórico además de tenebroso. Está ubicado en Barrios Altos desde 1808 y lleva el nombre de su diseñador. Desde entonces, ahí descansan los restos de hombres y mujeres que formaron parte de nuestra historia peruana como Ciro Alegría, José Santos Chocano, Alfonso Ugarte, Andrés Abelino Cáceres, etc. Este camposanto cuenta con 766 mausoleos y 92 monumentos históricos. Algunos se logran ver desde a fuera. Su refinada arquitectura se impone de noche y nos hace saber que hemos llegado.

 ¡Flores! ¡Flores! Es lo primero que escuchas al bajar del carro. Son los vendedores de flores los encargados de darte una bienvenida desesperada y abrumadora, casi al punto de secuestrarte para que les compres un par de rosas. Cinco flores por diez soles y te las doy con lluvia. Cinco claveles y te regalo un cartucho. Anímate amiguita y te las doy en bolsa.  A las a fueras del cementerio todos se pelean por los clientes. En esta atmósfera no se respira miedo sino competencia.

Las calles están oscuras, es solo ese pequeño mercadillo de flores  y las luces de los carros que pasan por la pista los que iluminan esta enorme cuadra. Estoy entre dos cementerios, uno igual de aterrador que el otro. El cementerio El Ángel es tan imponente como el Presbítero Maestro. Con dos flores amarillas que compré en el puesto de Yulissa, un travesti que trabaja ahí desde que tenía el pelo corto y de color negro, me dirijo hacia el Presbítero.

Son pocas las personas que van a esta hora de la noche al cementerio pero al menos hay mucho más gente de la que imaginé. Hay grupos que han pagado por las visitas guiadas y esperan en la puerta entusiastas. Hay gente que entra y sale, son los cuidadores y los encargados de la limpieza del lugar. Estoy sola frente a este gran gigante y quiero hablarle a cualquiera para decirle que me acompañe a dar una `vueltecita` pero no puedo articular palabra alguna. Tengo miedo, me quiero ir y aún estoy en la puerta.

Se acerca el vigilante para decirme que son cuarenta soles para acceder a una visita guiada. Mi bolsillo no llega ni a diez soles. Aquellas palabras del vigilante eran la excusa  perfecta para irme de este oscuro y terrorífico cementerio; sin embargo, en contra de mi miedo extremo, apelé a su caridad. Está bien señorita pase pero tenga cuidado, acá la gente entra en grupo para que no se pierdan. No tome fotos porque está prohibido. Ve el pánico en mis ojos pero no me advierte más.

Aquí la noche es más noche que nunca. Respiro y trato de darme fuerzas. Apago mi mp3 porque hoy hasta la voz de Morrisey me asusta. La primera tumba que me recibe es la de Luis Sánchez Cerro, ex Presidente Constitucional del Perú en 1930. Hay una mano de piedra que cubre el nombre y encima de esta está la estatua de una mujer cargando a un hombre tendido sobre sus piernas. Alrededor de Sánchez Cerro hay tumbas pequeñas pero con cruces sobresalientes en cada una de ellas. Todas son oscuras y tenebrosas.

 Las estatuas aterran a todos los que estamos en este cementerio. El camino hacia adelante es largo por recorrer. Entre nichos, monumentos, criptas familiares, espíritus y almas el Presbítero Maestro nos da la bienvenida a una noche de efectos paranormales., misterio y mitos urbanos.

No cabe tanto miedo en mi cuerpo. No quiero mirar atrás, ni a los costados, ni a ningún lado porque  el panorama solo tiene tumbas oscuras, puertas gigantes, ángeles con caras diabólicas, muertos bajo tierra y pánico desenfrenado en toda la atmósfera. No te salvas ni teniendo los ojos cerrados porque las imágenes se te revelarán.

Avanzando insegura y a paso rápido para terminar este recorrido cuanto antes; sin embargo me detengo en el Mausoleo de Pedro de Osma y Pardo por unos segundos. La puerta es de color verde oscuro  está encadenada con un gran candado que sobre sale.. No me atrevo a bajar los escalones y acercarme a la reja pero desde mi lugar logro ver nichos adentro con varios nombres  que no me atrevo a leer de cerca. No quiero. No puedo. Voy por el mismo sendero y ahora encuentro poesía. Estoy frente a la tumba de Ricardo Palma. Su busto está sobre ella y por a fuera sobresale la forma del cajón cubierto en piedra negra. Hay un par de rosas marchitas en su nicho así que dejé una de mis flores amarillas para que le hagan compañía.

 Quiero ir donde están las tumbas de los niños. Quiero conocer el nicho del niño Ricardito que es una especie de Santo en el Presbítero maestro, al que miles de personas van a visitar con devoción para pedirle un milagro. Yo quiero pedirle que me quite el miedo en estos momentos. Aún falta para llegar a ese pabellón pues estoy aún rodeada de mausoleos y monumentos.

Hay gente a mi alrededor con sus respectivos guías pero solo pasan por mi costado. Están muy animados a pesar del miedo. Se toman fotos y algunos se atreven a hacer bromas entre ellos. Una mujer es la guía que dirige al grupo. Se sabe la historia y conoce cada rincón del gigante Presbítero Maestro. Hace frío y el viento sopla muy fuerte. Aquí cualquier ruido pequeño parece estruendoso y te pone en sobresalto. Nadie se atreve a mirar atrás. Nadie se quiere quedar solo de noche en esta lóbrega y misteriosa morada que alberga muchas almas entre niños y adultos.

Quiero ir hacia al fondo pero siento que algo me detiene. Es el dolor de barriga,  las ganas de vomitar y la sensación de que hay alguien detrás las que no me dejan avanzar. Me quiero ir pero no me atrevo ni a retroceder. No puedo correr. Las miradas lamentosas y terroríficas de las estatuas gigantes de ángeles y mujeres  me tienen al borde del desmayo. Siento el miedo puro en el cuerpo, en las venas. Sudo y tengo el corazón acelerado. Siento sonidos extraños en mis oídos y un olor fétido en el aire. Estoy empezando a alterarme más de lo que pensé. Realmente a este tipo de lugares no puedes venir solo si eres débil como yo.

De casualidad, entre las tumbas con cruces gigantes encuentro a un señor que está con un trapo en el hombro y cargando un balde. Lleva puesto un gorro negro, un chaleco azul con bolsillos como si fuera uniforme y un pantalón de buzo. Le pregunto en qué parte está el pabellón de niños. En el pabellón cuatro señorita pero de aquí se va a perder. Está muy al fondo. Él se llama César y lleva unos cinco años trabajando en el cementerio. Vive en Villa María del Triunfo y cubre el horario de la tarde. Ya no tiene miedo estar solo en alguno de los pabellones de noche ni a los ruidos extraños. Me cuenta que ha escuchado quejidos de mujeres pidiendo auxilio y risas de niños; sin embargo, está casi acostumbrado a esos fenómenos paranormales. Al principio tenía miedo. La primera vez que escuché un quejido me fui corriendo hasta la puerta y no quise regresar más pero la necesidad es la que manda. Además yo soy hombre y los hombres no tienen miedo por qué cree que no hay ninguna mujer trabajando acá.

 Aprovecho la soltura de César para pedirle que me acompañe hasta donde están las tumbas de los niños. Él acepta. Bajamos unos escalones que son una especie de división entre mausoleos y tumbas del Presbítero. Doblamos hacia la izquierda y nos chocamos con miles de paredes pintadas de blanco donde están los nichos. En este lugar siento que las rodillas se me doblan y no quiero avanzar más. Le pido a César que por favor no se separe de mí y que hiciéramos el recorrido rápido. Que ya no quiero ver al tal Ricardito milagroso y que me dirija hacia la puerta. Si gusta regresamos señorita pero aquí no pasa nada, además hay gente a nuestro alrededor en el tour con los guías.


Es cierto, hay gente que de alguna manera nos hace compañía. Usted no ha debido de venirse sola, se puede traumar o perderse. Hay gente que sale loca del miedo por eso es bueno pagar al guía.

Este pabellón es el de los recuerdos. Todas las lápidas tienen frases como “El día que dejen de recordarme, moriré”, “Nunca te olvidaremos”, “Descansa en paz, tú familia siempre te recordará”, “Aquí descansa…”, “A mi hijo…”, “Siempre estarás con nosotros”, etc. Así es, estamos por fin en el área de los niños, el de los `angelitos` como algunas personas llaman a los niños fallecidos. Acá yacen los cuerpos de niños de tres años, dos, uno. De fetos que ni si quiera nacieron, de recién nacidos y de bebés que solo vivieron algunos días. Hay juguetes colgando de algunos nichos. Unos son fallecidos actuales y otros son de mil ochocientos. La mayoría de lápidas tienen arreglos florales y juguetes colgados. A comparación de las otras tumbas, estas sí tienen flores frescas y coloridas. Damos algunas vueltas por aquellos pabellones y dos enormes Gallinazos nos sorprenden. Son aves de color negro intenso y de mirada fija. Dan una sensación de miedo y frío. Ambos están al acecho, miran de un lado a otro y abren la boca de cuando en cuando.

 La noche se mantiene muy fría o tal vez es el miedo el que no me deja entrar en calor aún. Con César recorro otros pabellones, regresamos a los grandes mausoleos. Pasamos por la morada donde descansan a los restos de Daniel Alcides Carrión, enterrado como un mártir de la medicina; por la de José Carlos Mariátegui, cuya lápida gigante de piedra de forma triangular tiene escrita la siguiente frase: “¿Sabéis quién es Mariátegui? Pues bien, es una nueva luz de América. El prototipo del nuevo hombre americano”. Por la de José Santos Chocano, quien está enterrado de pie. Entre los nichos está la tumba de Rosa Merino, solitaria y sin flores que la acompañen. Acá hay muchos héroes y personajes de la historia. La gente siempre viene acá para verlos. Hay una cripta donde están Miguel Grau y Alfonso Ugarte pero para entrar ahí hay que pagar y son por fechas. Aquí hasta las plantas que son inofensivas te asustan, nada sosiega el miedo. Nada.

Estamos al otro lado del cementerio y César me está haciendo de guía. Lleva cuarenta  años encima y tiene una esposa y un hijo que lo esperan en casa todas las noches, ansiosos para oír otra historia paranormal. Es Natural de Ayacucho y vino a Lima con toda su familia en los años ochenta en la época de la violencia cuando solo tenía trece años. Allá no se podía hacer nada. Recuerdo que mi mamá siempre vivía asustada porque mi viejito siempre salía a trabajar a la ciudad. Nosotros vivíamos en Luricocha y mi papá trabajaba en Huanta con su compadre. Felizmente nunca fuimos víctimas directas de los terrucos pero sí nos afectaba porque escuchábamos que todos los días moría alguien, que se llevaban el ganado o la cosecha. Eso sí era miedo pudo porque te podían matar en cambio acá, los muertos, muertos están. Ya no tenga miedo amiguita.

Son las ocho y media de la noche y bajo el manto oscuro de la noche  hay grupos dispersos por todo el Presbítero. El murmullo se siente. A lo lejos hay más estatuas gigantes de color negro, granito y hueso. Algunas son de mujeres desnudas con cara de lamento  como llorando a un ser querido muerto. El sentimiento se refleja claramente en sus rostros dañados por el tiempo. Hay ángeles con una combinación de mirada diabólica que da la impresión de que estuvieran vigilando cada uno de tus pasos intrusos como si tu presencia les molestase. Sus alas están abiertas y es la tierra la que cubre sus imponentes cuerpos. Estas estatuas acompañan algunas tumbas de familias adineradas me cuenta César.

Otra vez estamos por otro pabellón de nichos. Algunos están vacíos a la espera de nuevos cuerpos sin vida. Este es el pabellón con tumbas disponibles. Yo he limpiado hoy esta área. El pintor las pintó hace unos días, todavía se siente el olor.  Yo solo siento olor a muerto, a miedo a antiguo. Mira allá en ese pabellón está el niño Ricardito. De la estatua de aquel niño cuelgan muchas flores frescas de diversos colores y a comparación de los mausoleos y la demás arquitectura está impecable.  Las personas vienen y le rezan todos los días, le dejan flores, le cantan canciones, le traen ofrendas y lo limpian. Dicen que es milagroso que cura enfermedades y les cumple todo lo que le piden. Ricardito murió a los siete años de una enfermedad de la época. Fue el sarampión o la varicela, no se sabe exactamente que llevó a la muerte a Ricardito.  Actualmente sus restos descansan en paz junto al de su padre y su abuelo desde 1888.

Mi segunda flor amarilla la dejo donde Ricardo pero con el miedo se me olvidó pedirle un milagrito. Entre tumbas y sonidos extraños seguimos avanzando. No quiero voltear a mirar atrás pero es inevitable que no lo haga. Estamos en un lugar donde dominan los que se fueron al más allá. Aquí los vivos no tienen lugar, somos intrusos, incluso César que trabaja años acá. El mínimo error podría costarnos, en el mejor de los casos, un susto, y en el peor, un paro cardíaco. Debemos respetar a los muertos. No debemos molestarnos. Somos los otros en esta gran ciudad.

Poco a poco vamos llegando a la puerta y me siento un poco valiente. Ya no tengo los  músculos contraídos ni duros, paradójicamente, siento que mi alma  regresa al cuerpo. Las revoluciones del corazón van bajando así cuando se tiene esa sensación de que te va pasando el susto. Volteo para darle las gracias a César por la compañía pero el ya no está. Lo busco  alrededor y no veo a nadie. Desapareció, se esfumó. ¿A caso César estaba muerto? ¿Se fue muy rápido? ¿Era un alma? ¿Un fantasma? . . . haya sido lo que haya sido solo sé que esa noche fue un ángel. No miré atrás y salí del lugar.

A fuera, la situación es otra. En esta larga y oscura cuadra 16 del Jr. Ancash ya no debemos cuidarnos de los muertos, sino de los vivos. Entre rateros, vagabundos y floristas desesperados, la gente va desalojando el Presbítero Maestro y dejando a las almas  a que descansen en paz. Ojalá algún día pueda regresar a dejar crisantemos a este cementerio.










martes, 16 de julio de 2013

ENTRE GATOS Y PUTAS





Son las 11 de la noche y el patrullero de Serenazgo disminuye la velocidad. Se estaciona frente a los tres prostíbulos que funcionan bajo fachada de hoteles turísticos ubicados en la cuadra 4 de  Miguel de Cervantes, la calle donde vivo. Es invierno y hoy hay neblina pero ellas, las putas, no tienen frío. Los gatos tampoco. Llueve y  esta nos moja a todos por igual en esta cuadra de la av. 28 de Julio. Putas, cafichos, parroquianos, taxistas, los gatos y yo empezamos a recibir gotas de agua en la cabeza y en el rostro y el vapor nos sale por la boca. El viento es insoportable y todo el movimiento de esta parte de Lima rosa combina armoniosamente con el coro gatuno de esta noche.

-"¿Hola, cuánto por el servicio?", pregunta un cliente.
-"Veinte soles. Servicio normal. Incluye cuarto, poses y chupadita, mi amor".
-"¿Y  dónde está el telo?"
-"Acá cerca, donde está el patrullero. Ahorita se va, no te preocupes. Hay que esperar un ratito papi”, responde ella sacando con la punta de sus tacos a un gato entrometido que merodea por su lado, por Cervantes. Su esquina, su centro de trabajo. Mi ex calle.

La prostitución camina libremente por mi cuadra hace algunos meses. En cada esquina se muestran desinhibidas, con su perfume de pacotilla y  con un precio fijo para toda la pandilla. Sin embargo, los gatos llegaron en manada un tiempo antes que ellas.  Los encontraba en una ventana, en la puerta de una casa, tras la mampara de un edificio, encima de un carro, entre los arbustos, etc. Cuando me di cuenta de esta primera invasión y salía de noche me asustaba encontrarme con un minino en el camino. Me aterraban sus ojos brillantes, sus maullidos, los gritos escalofriantes de alguna gata que estaba siendo penetrada por un gato atrevido y sus miles de características. Pero con el tiempo aprendí a vivir con sus sombras que me enseñaban un baile y unos versos sobre estos gatos de bronce.

Se para un Taxi en plena lluvia y unas piernas largas cubiertas por una diminuta minifalda van a su alcance. No hay negocio. No hay un intercambio de palabras ni coqueteo. Ella se sube inmediatamente y el carro se estaciona en sentido contrario en Cervantes. El caficho los espera en una esquina y se acerca a ellos. Hablan menos de treinta segundos y este va inmediatamente al Hotel de la esquina. Ella baja del taxi con sus enormes zapatos de plataforma. Apretada y sensual no deja la cartera para nada. Son solo quince minutos de placer y salen como si nada. Si te veo no te conocí. Debe de ser como me dijo Pamela, alguna vez, una prostituta que entrevisté. Esto es un negocio. No sientes. No te enamoras. Los clientes te tratan como se les da la gana. No les importa si te hacen sentir bien o mal. Al final algunos y te botan. Yo solo cobro y me voy, tampoco me interesa. Hasta ahora recuerdo sus palabras experimentadas bajo un dejo charapa.

La oscuridad, la noche, el viento y la llovizna no ahuyentan a las putas de mi casa. Tampoco a los gatos. No es un viernes sangriento, sin embargo hay harto movimiento. Pues sí ellas entran en la noche, ellas suben al coche y están preparadas a todo. Los gatos las vigilan con sus ojos luminosos y brillantes. Los gatos tienen un lugar, una parcela, un pedazo de vereda en Cervantes que han hecho suyo al igual que ellas.

Llueve y es lunes. Parroquianos, cafichos y serenazgos esperan la noche para ir a la esquina del movimiento. A la nueva Lima rosa. Vivo entre gatos y putas hace meses y, hoy, en invierno.

miércoles, 10 de julio de 2013

1988: 25 AÑOS DESPUÉS

Hace unos días me entró la curiosidad y le pregunté a mamá en qué mes había sido procreada si nací en julio. Los colores se le subieron al rostro, sonrío avergonzada y me dijo: Resta pues ocurrente. Sacando cálculos eso significa que fue un octubre del 87 el mes en que a mis viejos mandaron al diablo los anticonceptivos. Quise preguntarle el lugar, la hora y en qué circunstancias  `me hicieron` pero antes de que la siga interrogando la vieja ya había desaparecido. Tampoco le puedo exigir mucho, ella aún se paltea con esos temas a comparación de mi viejo. Y es que eso es lo extraño de su unión. Siempre me pregunto cómo un borracho, juerguero barranquino se enamoró de una piuranita con rosario en mano, pero esa ya es otra historia. Ahora quiero regresar a mis primeras causas, al origen.

La vieja dice que nací a las tres de la mañana. Naciste a las tres de la mañana, a la hora del diablo, del anticristo. ¡Carajo! Cómo me hiciste sufrir pedacito de gente. No querías salir. Te habías atrancado ahí adentro y por más que los doctores hacían todo por sacarte tú nada. ¡Valora los dolores de tu madre! Tú que no tiendes ni tu cama y ni limpias el baño malcriada. Pues sí, nací un 10 de julio del año 88 en el Hospital Rebagliati un viernes a las  3 A.M. (como la canción de Serú Girán) con 0.53 centímetros y pesando tres kilos ochocientos. La vieja dice que parecía un perro flaco. ¡Qué linda ella! Como ven de la inocente piuranita ya no queda nada. La Lima la contaminó. Sin embargo, se alegró mucho al tenerme por primera vez  entre sus brazos y ver que no ladraba sino que lloraba y lloraba como bebé poseído.

La primera hija de los casi recién casados había nacido y le pusieron Victoria. Aunque, a veces, en la actualidad, le quede grande el nombre pero esa, también, es otra historia por no decir muchas. . . Soy la primogénita de esta familia y como sabemos todos los hermanos mayores, somos el `ups` de los viejos. Con nosotros aprenden a ser padres por eso los hermanos menores se la llevan fácil. Nosotros somos los conejillos de indias a los que no saben cómo ponerle el pañal, cómo darles el biberón o cómo bañarlos. La vieja dice que la primera vez que me bañaron me hundí en la tina por lo pequeña que era y que parecía un pollo remojado.

También me cuenta que era un bebé jodido, que siempre amé el chocolate y que cuando estaba embarazada de mí lo que más se le antojaba era el vino. Ahora entiendo porque amo tanto ese sagrado trago. Empecé a caminar al año y medio a pesar de que me paraba cayendo, la vieja dice que no era de llorar mucho. Te caías, te tropezabas pero siempre te volvías a levantar con más ganas. Qué tal diferencia con la actualidad. . .  es que de niños somos el Superhombre de Nitzsche, nada nos duele.

Así crecí volando y volé tan deprisa
que hasta mi propia sombra de vista me perdió

Soy Victoria Meneses y siempre me va  gustar bailar la persiana americana, tomar una chela escuchando salsa sensual, decir carajo y comer con cuchara. Soy desordenada y olvidadiza. Me enamoro de todo y me conformo con nada. Estudio periodismo  y no pretendo cagarme en plata. Amo a Toby y a Charly García. Me gusta cocinar y de vez  en cuando intento tocar el piano y pintar. Hago ejercicios y como sano pero me desbando los fines de semana en todos los sentidos. Mi vicio es la música porque lo que no supe en los salones lo aprendí de canciones. Mi enfermedad, los chocolates. Conocí lo que es el sexo y la pasé mejor desde entonces. Me visto de colores.  No soy lo que se dice una señorita y digo muchas lisuras. Odio el cigarro pero me encanta la chela helada. Prefiero el invierno que el verano y si viene con lluvia mejor. A veces pienso que moriré rápido y de la nada porque me gusta viajar en el asiento trasero de los buses pero lo que pasará más adelante conmigo, también es otra historia.

Quiero ser un expatriado
llegar a tiempo y no apurado
sin tener que hacer un rumbo
sin la brújula, un segundo
sin el beso que no dí
 un roedor vagabundo…


Porque 25 años después es mejor decir que callar.