lunes, 27 de febrero de 2012

Patti.

   




    Conocí a Patti en uno de los tantos sábados locos de vacaciones. De pelo alborotado, ropas provocativas, tacones altos y sus copas demás hacían que su presencia no pase desapercibida.  Ella bailaba al ritmo de un rock ochentero con un grupo de chicos ¡Qué libre y  qué divertida como ebria lucía!

Las horas pasaban y con ellas la atmósfera  del bar llegaba a su punto álgido de un sábado por la noche. En medio de la diversión, la conversa, la joda y al ebriedad con la persona que acompañaba pude darme cuenta de que aquella chica de pelo alborotado daba movimientos sensuales a otro grupo de chicos, rotaba de mesa en mesa cada intervalo de tiempo. Para las cuatro de la mañana, estaba en mi mesa.

Los primeros minutos, su presencia me molestó. Miraba a mi chico y empezaba a bailarle, yo, con tragos encima, puedo decir que casi me le voy encima. Él me detuvo y claro ella se dio cuenta de que esa víctima, a la que había echado el ojo, tenía dueña, al menos por esa noche.

A Patti no le dio vergüenza, así que para romper el hielo y mi ira pidió dos cervezas. Y yo no la odié. Chupamos esas chelas y por su puesto pedimos más, nos quedamos conversando de la vida y sobre todo del pretérito.  Pobre, cuánto había sufrido, no sé si me floreaba sobre su historia de vida pero me parecía entretenida. Se inventaba un policial por cada fin de semana.¿Borrachera, verdad o mentira? No lo sé ni lo sabré. Ese sábado  me la creí, sentí y no pude dejar de pensar en ella al día siguiente. Mientras bebíamos, en la otra mesa, había un chico tomando solo, Patti lo ojeaba de rato en rato, me pude dar cuenta, y cuando, por fin, él decidió hacer caso a sus miradas, ella brindó.

Aquella fémina ebria y de ropa provocativa solo duró unos minutos más en mi mesa. Tomó un seco ¡SALUD CHICA! Y se fue moviendo las caderas al ritmo violento de un tecno noventero.