Ir al
Cementerio Presbítero Matías Maestro significa hacer un recorrido histórico
además de tenebroso. Está ubicado en Barrios Altos desde 1808 y lleva el nombre
de su diseñador. Desde entonces, ahí descansan los restos de hombres y mujeres
que formaron parte de nuestra historia peruana como Ciro Alegría, José Santos
Chocano, Alfonso Ugarte, Andrés Abelino Cáceres, etc. Este camposanto cuenta
con 766 mausoleos y 92 monumentos históricos. Algunos se logran ver desde a
fuera. Su refinada arquitectura se impone de noche y nos hace saber que hemos
llegado.
¡Flores! ¡Flores! Es lo
primero que escuchas al bajar del carro. Son los vendedores de flores los
encargados de darte una bienvenida desesperada y abrumadora, casi al punto de
secuestrarte para que les compres un par de rosas. Cinco flores por diez soles y te las doy con lluvia. Cinco claveles y
te regalo un cartucho. Anímate amiguita y te las doy en bolsa. A las a fueras del cementerio todos se
pelean por los clientes. En esta atmósfera no se respira miedo sino
competencia.
Las
calles están oscuras, es solo ese pequeño mercadillo de flores y las luces de los carros que pasan por la
pista los que iluminan esta enorme cuadra. Estoy entre dos cementerios, uno
igual de aterrador que el otro. El cementerio El Ángel es tan imponente como el
Presbítero Maestro. Con dos flores amarillas que compré en el puesto de Yulissa,
un travesti que trabaja ahí desde que tenía el pelo corto y de color negro, me
dirijo hacia el Presbítero.
Son
pocas las personas que van a esta hora de la noche al cementerio pero al menos
hay mucho más gente de la que imaginé. Hay grupos que han pagado por las
visitas guiadas y esperan en la puerta entusiastas. Hay gente que entra y sale,
son los cuidadores y los encargados de la limpieza del lugar. Estoy sola frente
a este gran gigante y quiero hablarle
a cualquiera para decirle que me acompañe a dar una `vueltecita` pero no puedo
articular palabra alguna. Tengo miedo, me quiero ir y aún estoy en la puerta.
Se
acerca el vigilante para decirme que son cuarenta soles para acceder a una visita
guiada. Mi bolsillo no llega ni a diez soles. Aquellas palabras del vigilante
eran la excusa perfecta para irme de este
oscuro y terrorífico cementerio; sin embargo, en contra de mi miedo extremo,
apelé a su caridad. Está bien señorita
pase pero tenga cuidado, acá la gente entra en grupo para que no se pierdan. No
tome fotos porque está prohibido. Ve el pánico en mis ojos pero no me
advierte más.
Aquí
la noche es más noche que nunca. Respiro y trato de darme fuerzas. Apago mi mp3
porque hoy hasta la voz de Morrisey me asusta. La primera tumba que me recibe
es la de Luis Sánchez Cerro, ex Presidente Constitucional del Perú en 1930. Hay
una mano de piedra que cubre el nombre y encima de esta está la estatua de una
mujer cargando a un hombre tendido sobre sus piernas. Alrededor de Sánchez
Cerro hay tumbas pequeñas pero con cruces sobresalientes en cada una de ellas.
Todas son oscuras y tenebrosas.
Las
estatuas aterran a todos los que estamos en este cementerio. El camino hacia
adelante es largo por recorrer. Entre nichos, monumentos, criptas familiares, espíritus
y almas el Presbítero Maestro nos da la bienvenida a una noche de efectos
paranormales., misterio y mitos urbanos.
No
cabe tanto miedo en mi cuerpo. No quiero mirar atrás, ni a los costados, ni a
ningún lado porque el panorama solo
tiene tumbas oscuras, puertas gigantes, ángeles con caras diabólicas, muertos
bajo tierra y pánico desenfrenado en toda la atmósfera. No te salvas ni
teniendo los ojos cerrados porque las imágenes se te revelarán.
Avanzando
insegura y a paso rápido para terminar este recorrido cuanto antes; sin embargo
me detengo en el Mausoleo de Pedro de Osma y Pardo por unos segundos. La puerta
es de color verde oscuro está encadenada
con un gran candado que sobre sale.. No me atrevo a bajar los escalones y
acercarme a la reja pero desde mi lugar logro ver nichos adentro con varios
nombres que no me atrevo a leer de
cerca. No quiero. No puedo. Voy por el mismo sendero y ahora encuentro poesía.
Estoy frente a la tumba de Ricardo Palma. Su busto está sobre ella y por a
fuera sobresale la forma del cajón cubierto en piedra negra. Hay un par de
rosas marchitas en su nicho así que dejé una de mis flores amarillas para que
le hagan compañía.
Quiero
ir donde están las tumbas de los niños. Quiero conocer el nicho del niño
Ricardito que es una especie de Santo en el Presbítero maestro, al que miles de
personas van a visitar con devoción para pedirle un milagro. Yo quiero pedirle
que me quite el miedo en estos momentos. Aún falta para llegar a ese pabellón
pues estoy aún rodeada de mausoleos y monumentos.
Hay
gente a mi alrededor con sus respectivos guías pero solo pasan por mi costado.
Están muy animados a pesar del miedo. Se toman fotos y algunos se atreven a
hacer bromas entre ellos. Una mujer es la guía que dirige al grupo. Se sabe la
historia y conoce cada rincón del gigante Presbítero Maestro. Hace frío y el
viento sopla muy fuerte. Aquí cualquier ruido pequeño parece estruendoso y te
pone en sobresalto. Nadie se atreve a mirar atrás. Nadie se quiere quedar solo
de noche en esta lóbrega y misteriosa morada que alberga muchas almas entre
niños y adultos.
Quiero
ir hacia al fondo pero siento que algo me detiene. Es el dolor de barriga, las ganas de vomitar y la sensación de que
hay alguien detrás las que no me dejan avanzar. Me quiero ir pero no me atrevo
ni a retroceder. No puedo correr. Las miradas lamentosas y terroríficas de las
estatuas gigantes de ángeles y mujeres
me tienen al borde del desmayo. Siento el miedo puro en el cuerpo, en
las venas. Sudo y tengo el corazón acelerado. Siento sonidos extraños en mis
oídos y un olor fétido en el aire. Estoy empezando a alterarme más de lo que
pensé. Realmente a este tipo de lugares no puedes venir solo si eres débil como
yo.
De
casualidad, entre las tumbas con cruces gigantes encuentro a un señor que está
con un trapo en el hombro y cargando un balde. Lleva puesto un gorro negro, un
chaleco azul con bolsillos como si fuera uniforme y un pantalón de buzo. Le
pregunto en qué parte está el pabellón de niños. En el pabellón cuatro señorita pero de aquí se va a perder. Está muy al
fondo. Él se llama César y lleva unos cinco años trabajando en el
cementerio. Vive en Villa María del Triunfo y cubre el horario de la tarde. Ya
no tiene miedo estar solo en alguno de los pabellones de noche ni a los ruidos
extraños. Me cuenta que ha escuchado quejidos de mujeres pidiendo auxilio y
risas de niños; sin embargo, está casi acostumbrado a esos fenómenos
paranormales. Al principio tenía miedo.
La primera vez que escuché un quejido me fui corriendo hasta la puerta y no
quise regresar más pero la necesidad es la que manda. Además yo soy hombre y
los hombres no tienen miedo por qué cree que no hay ninguna mujer trabajando acá.
Aprovecho
la soltura de César para pedirle que me acompañe hasta donde están las tumbas
de los niños. Él acepta. Bajamos unos escalones que son una especie de división
entre mausoleos y tumbas del Presbítero. Doblamos hacia la izquierda y nos
chocamos con miles de paredes pintadas de blanco donde están los nichos. En
este lugar siento que las rodillas se me doblan y no quiero avanzar más. Le
pido a César que por favor no se separe de mí y que hiciéramos el recorrido
rápido. Que ya no quiero ver al tal Ricardito milagroso y que me dirija hacia
la puerta. Si gusta regresamos señorita
pero aquí no pasa nada, además hay gente a nuestro alrededor en el tour con los
guías.
Es
cierto, hay gente que de alguna manera nos hace compañía. Usted no ha debido de venirse sola, se puede traumar o perderse. Hay
gente que sale loca del miedo por eso es bueno pagar al guía.
Este
pabellón es el de los recuerdos. Todas las lápidas tienen frases como “El día que dejen de recordarme, moriré”,
“Nunca te olvidaremos”, “Descansa en paz, tú familia siempre te recordará”,
“Aquí descansa…”, “A mi hijo…”, “Siempre estarás con nosotros”, etc. Así es,
estamos por fin en el área de los niños, el de los `angelitos` como algunas
personas llaman a los niños fallecidos. Acá yacen los cuerpos de niños de tres
años, dos, uno. De fetos que ni si quiera nacieron, de recién nacidos y de
bebés que solo vivieron algunos días. Hay juguetes colgando de algunos nichos.
Unos son fallecidos actuales y otros son de mil ochocientos. La mayoría de
lápidas tienen arreglos florales y juguetes colgados. A comparación de las
otras tumbas, estas sí tienen flores frescas y coloridas. Damos algunas vueltas
por aquellos pabellones y dos enormes Gallinazos nos sorprenden. Son aves de
color negro intenso y de mirada fija. Dan una sensación de miedo y frío. Ambos
están al acecho, miran de un lado a otro y abren la boca de cuando en cuando.
La
noche se mantiene muy fría o tal vez es el miedo el que no me deja entrar en
calor aún. Con César recorro otros pabellones, regresamos a los grandes
mausoleos. Pasamos por la morada donde descansan a los restos de Daniel Alcides
Carrión, enterrado como un mártir de la medicina; por la de José Carlos
Mariátegui, cuya lápida gigante de piedra de forma triangular tiene escrita la
siguiente frase: “¿Sabéis quién es
Mariátegui? Pues bien, es una nueva luz de América. El prototipo del nuevo
hombre americano”. Por la de José Santos Chocano, quien está enterrado de
pie. Entre los nichos está la tumba de Rosa Merino, solitaria y sin flores que
la acompañen. Acá hay muchos héroes y personajes de la historia. La gente siempre
viene acá para verlos. Hay una cripta donde están Miguel Grau y Alfonso Ugarte
pero para entrar ahí hay que pagar y son por fechas. Aquí hasta las plantas
que son inofensivas te asustan, nada sosiega el miedo. Nada.
Estamos
al otro lado del cementerio y César me está haciendo de guía. Lleva
cuarenta años encima y tiene una esposa
y un hijo que lo esperan en casa todas las noches, ansiosos para oír otra
historia paranormal. Es Natural de Ayacucho y vino a Lima con toda su familia
en los años ochenta en la época de la violencia cuando solo tenía trece años. Allá no se podía hacer nada. Recuerdo que mi
mamá siempre vivía asustada porque mi viejito siempre salía a trabajar a la
ciudad. Nosotros vivíamos en Luricocha y mi papá trabajaba en Huanta con su
compadre. Felizmente nunca fuimos víctimas directas de los terrucos pero sí nos
afectaba porque escuchábamos que todos los días moría alguien, que se llevaban
el ganado o la cosecha. Eso sí era miedo pudo porque te podían matar en cambio
acá, los muertos, muertos están. Ya no tenga miedo amiguita.
Son
las ocho y media de la noche y bajo el manto oscuro de la noche hay grupos dispersos por todo el Presbítero.
El murmullo se siente. A lo lejos hay más estatuas gigantes de color negro,
granito y hueso. Algunas son de mujeres desnudas con cara de lamento como llorando a un ser querido muerto. El
sentimiento se refleja claramente en sus rostros dañados por el tiempo. Hay ángeles
con una combinación de mirada diabólica que da la impresión de que estuvieran
vigilando cada uno de tus pasos intrusos como si tu presencia les molestase.
Sus alas están abiertas y es la tierra la que cubre sus imponentes cuerpos.
Estas estatuas acompañan algunas tumbas de familias adineradas me cuenta César.
Otra
vez estamos por otro pabellón de nichos. Algunos están vacíos a la espera de
nuevos cuerpos sin vida. Este es el
pabellón con tumbas disponibles. Yo he limpiado hoy esta área. El pintor las
pintó hace unos días, todavía se siente el olor. Yo solo siento olor a muerto, a miedo a
antiguo. Mira allá en ese pabellón está
el niño Ricardito. De la estatua de aquel niño cuelgan muchas flores
frescas de diversos colores y a comparación de los mausoleos y la demás
arquitectura está impecable. Las personas vienen y le rezan todos los días,
le dejan flores, le cantan canciones, le traen ofrendas y lo limpian. Dicen que
es milagroso que cura enfermedades y les cumple todo lo que le piden. Ricardito
murió a los siete años de una enfermedad de la época. Fue el sarampión o la
varicela, no se sabe exactamente que llevó a la muerte a Ricardito. Actualmente sus restos descansan en paz junto
al de su padre y su abuelo desde 1888.
Mi
segunda flor amarilla la dejo donde Ricardo pero con el miedo se me olvidó
pedirle un milagrito. Entre tumbas y sonidos extraños seguimos avanzando. No
quiero voltear a mirar atrás pero es inevitable que no lo haga. Estamos en un
lugar donde dominan los que se fueron al más allá. Aquí los vivos no tienen
lugar, somos intrusos, incluso César que trabaja años acá. El mínimo error
podría costarnos, en el mejor de los casos, un susto, y en el peor, un paro
cardíaco. Debemos respetar a los muertos. No debemos molestarnos. Somos los
otros en esta gran ciudad.
Poco
a poco vamos llegando a la puerta y me siento un poco valiente. Ya no tengo
los músculos contraídos ni duros, paradójicamente,
siento que mi alma regresa al cuerpo.
Las revoluciones del corazón van bajando así cuando se tiene esa sensación de
que te va pasando el susto. Volteo para darle las gracias a César por la
compañía pero el ya no está. Lo busco
alrededor y no veo a nadie. Desapareció, se esfumó. ¿A caso César estaba
muerto? ¿Se fue muy rápido? ¿Era un alma? ¿Un fantasma? . . . haya sido lo que
haya sido solo sé que esa noche fue un ángel. No miré atrás y salí del lugar.
A
fuera, la situación es otra. En esta larga y oscura cuadra 16 del Jr. Ancash ya
no debemos cuidarnos de los muertos, sino de los vivos. Entre rateros,
vagabundos y floristas desesperados, la gente va desalojando el Presbítero
Maestro y dejando a las almas a que
descansen en paz. Ojalá algún día pueda regresar a dejar crisantemos a este cementerio.
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarBien chata, aguantandote el miedo como todo un varón. Aunque me dejaste la duda de por qué es milagroso Ricardito...
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