Son
las 11 de la noche y el patrullero de Serenazgo disminuye la velocidad. Se
estaciona frente a los tres prostíbulos que funcionan bajo fachada de hoteles
turísticos ubicados en la cuadra 4 de
Miguel de Cervantes, la calle donde vivo. Es invierno y hoy hay neblina
pero ellas, las putas, no tienen frío. Los gatos tampoco. Llueve y esta nos moja a todos por igual en esta
cuadra de la av. 28 de Julio. Putas, cafichos, parroquianos, taxistas, los
gatos y yo empezamos a recibir gotas de agua en la cabeza y en el rostro y el
vapor nos sale por la boca. El viento es insoportable y todo el movimiento de
esta parte de Lima rosa combina armoniosamente con el coro gatuno de esta
noche.
-"¿Hola,
cuánto por el servicio?", pregunta un cliente.
-"Veinte
soles. Servicio normal. Incluye cuarto, poses y chupadita, mi amor".
-"¿Y
dónde está el telo?"
-"Acá
cerca, donde está el patrullero. Ahorita se va, no te preocupes. Hay que
esperar un ratito papi”, responde ella sacando con la punta de sus tacos a un
gato entrometido que merodea por su lado, por Cervantes. Su esquina, su centro
de trabajo. Mi ex calle.
La
prostitución camina libremente por mi cuadra hace algunos meses. En cada
esquina se muestran desinhibidas, con su
perfume de pacotilla y con un precio
fijo para toda la pandilla. Sin embargo, los gatos llegaron en manada un
tiempo antes que ellas. Los encontraba
en una ventana, en la puerta de una casa, tras la mampara de un edificio,
encima de un carro, entre los arbustos, etc. Cuando me di cuenta de esta
primera invasión y salía de noche me asustaba encontrarme con un minino en el
camino. Me aterraban sus ojos brillantes, sus maullidos, los gritos
escalofriantes de alguna gata que estaba siendo penetrada por un gato atrevido y
sus miles de características. Pero con el tiempo aprendí a vivir con sus sombras que me enseñaban un baile y
unos versos sobre estos gatos de bronce.
Se
para un Taxi en plena lluvia y unas piernas largas cubiertas por una diminuta
minifalda van a su alcance. No hay negocio. No hay un intercambio de palabras
ni coqueteo. Ella se sube inmediatamente y el carro se estaciona en sentido
contrario en Cervantes. El caficho los espera en una esquina y se acerca a
ellos. Hablan menos de treinta segundos y este va inmediatamente al Hotel de la
esquina. Ella baja del taxi con sus enormes zapatos de plataforma. Apretada y
sensual no deja la cartera para nada. Son solo quince minutos de placer y salen
como si nada. Si te veo no te conocí. Debe
de ser como me dijo Pamela, alguna vez, una prostituta que entrevisté. Esto es un negocio. No sientes. No te
enamoras. Los clientes te tratan como se les da la gana. No les importa si te
hacen sentir bien o mal. Al final algunos y te botan. Yo solo cobro y me voy,
tampoco me interesa. Hasta ahora recuerdo sus palabras experimentadas bajo
un dejo charapa.
La
oscuridad, la noche, el viento y la llovizna no ahuyentan a las putas de mi
casa. Tampoco a los gatos. No es un
viernes sangriento, sin embargo hay harto movimiento. Pues sí ellas entran en la noche, ellas suben al
coche y están preparadas a todo. Los gatos las vigilan con sus ojos
luminosos y brillantes. Los gatos tienen un lugar, una parcela, un pedazo de
vereda en Cervantes que han hecho suyo al igual que ellas.
Llueve
y es lunes. Parroquianos, cafichos y serenazgos esperan la noche para ir a la
esquina del movimiento. A la nueva Lima rosa. Vivo entre gatos y putas hace
meses y, hoy, en invierno.

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