martes, 16 de julio de 2013

ENTRE GATOS Y PUTAS





Son las 11 de la noche y el patrullero de Serenazgo disminuye la velocidad. Se estaciona frente a los tres prostíbulos que funcionan bajo fachada de hoteles turísticos ubicados en la cuadra 4 de  Miguel de Cervantes, la calle donde vivo. Es invierno y hoy hay neblina pero ellas, las putas, no tienen frío. Los gatos tampoco. Llueve y  esta nos moja a todos por igual en esta cuadra de la av. 28 de Julio. Putas, cafichos, parroquianos, taxistas, los gatos y yo empezamos a recibir gotas de agua en la cabeza y en el rostro y el vapor nos sale por la boca. El viento es insoportable y todo el movimiento de esta parte de Lima rosa combina armoniosamente con el coro gatuno de esta noche.

-"¿Hola, cuánto por el servicio?", pregunta un cliente.
-"Veinte soles. Servicio normal. Incluye cuarto, poses y chupadita, mi amor".
-"¿Y  dónde está el telo?"
-"Acá cerca, donde está el patrullero. Ahorita se va, no te preocupes. Hay que esperar un ratito papi”, responde ella sacando con la punta de sus tacos a un gato entrometido que merodea por su lado, por Cervantes. Su esquina, su centro de trabajo. Mi ex calle.

La prostitución camina libremente por mi cuadra hace algunos meses. En cada esquina se muestran desinhibidas, con su perfume de pacotilla y  con un precio fijo para toda la pandilla. Sin embargo, los gatos llegaron en manada un tiempo antes que ellas.  Los encontraba en una ventana, en la puerta de una casa, tras la mampara de un edificio, encima de un carro, entre los arbustos, etc. Cuando me di cuenta de esta primera invasión y salía de noche me asustaba encontrarme con un minino en el camino. Me aterraban sus ojos brillantes, sus maullidos, los gritos escalofriantes de alguna gata que estaba siendo penetrada por un gato atrevido y sus miles de características. Pero con el tiempo aprendí a vivir con sus sombras que me enseñaban un baile y unos versos sobre estos gatos de bronce.

Se para un Taxi en plena lluvia y unas piernas largas cubiertas por una diminuta minifalda van a su alcance. No hay negocio. No hay un intercambio de palabras ni coqueteo. Ella se sube inmediatamente y el carro se estaciona en sentido contrario en Cervantes. El caficho los espera en una esquina y se acerca a ellos. Hablan menos de treinta segundos y este va inmediatamente al Hotel de la esquina. Ella baja del taxi con sus enormes zapatos de plataforma. Apretada y sensual no deja la cartera para nada. Son solo quince minutos de placer y salen como si nada. Si te veo no te conocí. Debe de ser como me dijo Pamela, alguna vez, una prostituta que entrevisté. Esto es un negocio. No sientes. No te enamoras. Los clientes te tratan como se les da la gana. No les importa si te hacen sentir bien o mal. Al final algunos y te botan. Yo solo cobro y me voy, tampoco me interesa. Hasta ahora recuerdo sus palabras experimentadas bajo un dejo charapa.

La oscuridad, la noche, el viento y la llovizna no ahuyentan a las putas de mi casa. Tampoco a los gatos. No es un viernes sangriento, sin embargo hay harto movimiento. Pues sí ellas entran en la noche, ellas suben al coche y están preparadas a todo. Los gatos las vigilan con sus ojos luminosos y brillantes. Los gatos tienen un lugar, una parcela, un pedazo de vereda en Cervantes que han hecho suyo al igual que ellas.

Llueve y es lunes. Parroquianos, cafichos y serenazgos esperan la noche para ir a la esquina del movimiento. A la nueva Lima rosa. Vivo entre gatos y putas hace meses y, hoy, en invierno.

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