lunes, 10 de junio de 2013

EL REGRESO A LAS GALES BRASIL








    El edifico de losetas amarillas, pintado de color verde a los costados  y sin ningún letrero en la fachada que lo identifique como Galerías Brasil luce por fuera tal como lo dejé hace muchos años. No ha cambiado, no se ha deteriorado, no lo han enchulado y mucho menos  lo han limpiado.  Lo miro desde a fuera y son muchos los recuerdos y anécdotas que tengo de este emporio comercial. Es que este hueco fue uno de los lugares donde pasé mi exilio en los últimos años de época escolar y mi etapa de rebeldía y descubrimientos.

Cuadra 12 de la Av. Brasil, paso el umbral de la puerta y me recibe ese olor que solo se pude percibir ahí. Es indescriptible, no podría hacerlo. No sé ni cuáles son los aromas y hedores que se mezclan. Solo sé que es el mismo olor de toda la vida. Las fotocopiadoras como siempre están ubicadas en la puerta de entrada y de salida de aquel largo y mágico corredor. La parte aburrida para los que solíamos ir  a las Gales Brasil para otras cosas y nunca para sacar copias. De hecho la única vez que fotocopié un libro ahí lo hicieron mal, me estafaron y pagué doblé. A veces la suerte no cambia.

Las tiendas de ropa mantienen la misma moda. Hay stands nuevos, reconozco a algunos vendedores y me da gusto verlos en el mismo lugar. Quiero saludarlos pero no creo que logren reconocerme. No he crecido pero el tejido adiposo se ha ido y mis dientes logran estar dentro de mi boca ahora. Además son tantos los clientes que van y vienen que les sería imposible acordarse de una chibola. Los rastas siguen con sus dreads, vendiendo morrales de guerra, a quienes les compré uno hace ya casi diez años, mientras la lanzaban en mi cara, aún cuando yo no había probado ni el cigarro.

El punto álgido para mí, en este regreso a las Gales Brasil, fue cuando pasé por la sección de los videojuegos. El gordo Juan que me alquilaba las consolas ya no ocupaba cuatro tiendas seguidas de la galería. Él ya no estaba y ahora cada stand le pertenecía a un dueño diferente. Aquellos televisores gigantes y  potones han sido reemplazados por pantallas planas en HD y en el lugar del puesto de la señora Afrodita, que vendía el pan con milanesa más rico que haya podido probar hasta ahora, el culpable de mi gordura y acné adolescente, a la que yo llamaba La Diosa del Pan, hay un tío que vende Usbs y discos en blanco. Esos minutos de mi recorrido fueron chockeantes, nostálgicos.

A pesar de conocerme Galerías Brasil, al revés y al derecho y  de memoria, me sentía un poco perdida, algo foránea, extraña. Hace años que no venía por acá. Vivo muy cerca y paso todos los días con el micro de camino a casa; sin embargo, soy una ingrata. Voy hacia el segundo piso y por acá casi todo sigue igual. Hay una que otra tienda nueva. Entre ellos están  el negocio de backpackers, zapatillas y skates. Ya no está el broder, que era un loco calato, que vendía las pipas sicodélicas, las rizlas de chocolate y todo tipo de artefacto alucinógeno para que disfrutes el trance. GJ Records, tampoco está. La tienda donde me gastaba la mayor parte de mi dinero comprando discos de rock nacional. Discos que alguna vez presté y nunca me los regresaron, discos que se me rayaron y que se perdieron. Ahora solo conservo un cuarenta por ciento de esa gran gran gran cantidad.

El segundo piso, insisto, es el mismo, así ya no estén dos de mis tiendas favoritas. Siguen los bros que venden los polos con los estampadoS que tu escojas, tiendas de discos de metal, punk, new wave, reggae, etc. Al fondo siempre está ELLA. Una bella hippie que vende ropa y accesorios vintage. Por ella no pasan los años ni los problemas, siempre te va a recibir con su enorme sonrisa y sus buenas vibras.

Mi recorrido por las Gales iba terminando. No fui por nada en especial en realidad. Solo pasaba por ahí y entré al baúl de los recuerdos. Sin embargo, un personaje, hizo que me sintiera nuevamente por el año 2003, `El Loco`. Vestido de negro de pies a cabeza, parado detrás de las rejas, con las manos levantadas y el pelo largo cubriéndole la mirada, esta vez no logró asustarme como en aquellos años; al contrario, me dio gusto verlo. Nadie sabe de dónde viene, ni su nombre ni su edad. No le habla a nadie.  Ya debe de estar en sus cuarentas y algunos lo llamaban `El fantasma de las gales`. Nuestras miradas se cruzan, pero como un intento fallido más, no logro sacarle ninguna expresión.

De regreso al primer piso la puerta de salida del otro extremo me espera. Ahora me toca pasar nuevamente por la parte aburrida: las fotocopiadoras. Al cruzar el umbral el olor, la magia y los recuerdos de las `Gales` se van yendo, van desapareciendo. Aún mantiene la misma esencia y  algunos rostros pero con diferentes historias.


1 comentario:

  1. asi es, me pasa lo mismo en galerias brasil o hace poco que baje a quilca dsps de años y sentía esa nostalgia de volver.

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