La
noche iba a ser depresiva, lo sabía. Por eso me negué a quedarme en casa el viernes
pasado. Busqué algo de dinero y encontré veinte lucas en una mochila. Cogí mi cartera, me pinté los labios
de rojo, me puse los audífonos y me quité de casa con el floro de que tenía chamba toda la madrugada. Ese día no quería
regresar. Mala idea una vez más.
Mi
destino era el Centro de Lima. Primero, al Bar de Ciro y luego a cualquier lugar, a cualquier punto de la ciudad. Hice la ruta de siempre para llegar a Quilca, latear por Wilson y
Paseo Colón. Si quiero ver putas y travestis en acción cojo la Av. España y
bajo hasta Colmena. Ese día por complacer mi morbo opté por esta última opción.
Otra mala idea. Mientras caminaba por ahí, un hijo de puta me metió la mano.
Quise sacarle la mierda pero el muy cabrón se fue corriendo cagándose de risa.
Prendí
un pucho para botar mi cólera y aceleré el paso hasta llegar
a "Don Lucho". Al entrar sonaba Tabaco y Ron. Me senté en la mesa de al fondo y pedí
una Pilsen helada. El lugar no estaba tan lleno. Si entraba algún conocido
podía darme cuenta y lo invitaba a compartir mi chela. Sin embargo, nadie apareció por esa puerta. Tampoco había salido en busca de compañía.
Con
dos chelas encima, quería seguir la noche donde sea. Así que me metí a
cualquier antrucho donde no cobren entrada. Con mis últimas diez lucas pedí un Chilcano que pretendía hacer durar un buen rato hasta que cualquier borracho me invitara más trago. El setlist aún estaba
tranqui, sonaba El che y los Rolling
Stones, como para hacerme recordar por qué había salido a ahogarme en un bar.
No
sé si fue la melancolía o las ganas de pasarla bien las que me embriagaron, pero
a la medianoche estaba lo suficientemente empilada como para pararme a
bailar sola todas las canciones que me diera la gana. Mientras lo hacía, me di
cuenta de que en la otra mesa estaba sentado un ex que había llegado de Uruguay hacía un par de meses. Quise llamar su atención y lo conseguí. Se acercó a saludarme y me invitó a
compartir unas las chelas. Acepté.
La noche avanzaba y la música mejoraba. Mientras bailábamos, nos mirábamos fijamente a los ojos de rato en rato, con una mirada cómplice como si supiéramos dónde íbamos a terminar esa
noche. Cuando regresábamos a la mesa para seguir embriagándonos, conversábamos de lo que
había sucedido en nuestras vidas en estos últimos tres años. Le conté que, por fin,
había acabado la universidad, que trabajaba en un diario chicha y nunca llegaba a fin de mes. Él me contó
que seguía sin tener ahorros en el banco y que se había enamorado. Sentí celos
pero me alegré.
Para
evitar que me contara de sus amores, lo saqué a bailar Los días y las sombras, un tema de Voz Propia que
justo sonó en el bar. Bailamos esa canción como locos porque nos hacía recordar
los buenos tiempos de bohemia y sexo que pasamos durante un largo año. Días
maravillosos en que las noches se acababan al día siguiente entre música, vinos
y porros. Vivir el momento era la realidad. No enamorarse la condición. Y, finalmente, el
compromiso y el fracaso, los dos grandes temores en nuestra `relación’.
Hay que morir cada noche
con el sol y con el día
volver a nacer
Fueron tantos los recuerdos en ese momento que no me aguanté más y lo besé. El beso fue extraño,
feo y amargo. Él también lo notó. Separó su cuerpo del mío y me
dijo que yo no sabía besar. Le pedí un chance más y no funcionó. Mientras sonaban los últimos acordes de la canción, tuvimos un par de intentos
fallidos que nos bajaron la adrenalina de terminar la noche en un telo cercano.
No sé besar, si supiera te besaría. . . ¿Cómo es que
se colocan las narices?

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